piedras
Las palabras salen solas de la mente, mente perdida, angustiada, con ansiedad, que de alguna u otra forma, encuentra reparo en unas líneas que hacen de estructura protectora ante tanto sentimiento encontrado.
Cargando piedras en mi mochila, algunas más pesadas, algunas más livianas, todas juntas pesan un montón. Pesan tanto que duele, duele el alma, duele el corazón, duele el cuerpo de tanto cargarlas. Siento el cuerpo cansado, ese templo que debemos cuidar como oro, hoy, más que oro, es barro. ¿Pero quién es más responsable que yo misma por todo esto?
A veces me pregunto, ¿realmente Dios da a sus mejores guerreros las peores batallas? ¿O es una excusa que encontramos los mortales para entender por qué ciertas cosas que pasan están en nuestro camino? ¿No será que todos somos guerreros de esta vida con una propia batalla interna? Qué complicado a veces entender al otro y ponerse en sus zapatos. Es curioso y difícil el pensar cómo cada uno de nosotros es único, tiene ciertas características, ciertas vivencias, experiencias, batallas y guerras. Algunas más graves, otras más leves, pero, ¿Cómo somos capaces de juzgar o subestimar las emociones del otro? El ser humano tiene esa tendencia irritante a subestimar el dolor ajeno, incluyéndome claro. A veces, no dimensionamos el impacto que tiene en la otra persona este juicio valorativo, porque no entendemos el dolor que está viviendo la otra persona.
Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Qué complicado el perdón, pero ¡qué necesario! A veces no entendemos el tormento que pueden generar ciertas palabras en la otra persona, pero lo importante más allá de esto, es el perdón. El saber pedirlo y saber recibirlo. Una palabra tan usada y con tanta pérdida de sentido últimamente. La usamos para absolutamente todo. Pero lo importante de esta palabra, es saber cuándo es necesaria y su realmente su significado es fructífero. Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
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